26 de julio, 2020 (Extracto de la Opinión Austral)

Así como el bambú requiere de perseverancia, de compromiso, responsabilidad, paciencia, adaptabilidad, de visión a futuro, lo mismo ocurre en la vida y con la educación ambiental. Muchas veces no vemos resultados por mucho tiempo, pero si nos mantenemos perseverantes, tarde o temprano, los resultados comienzan a manifestarse.

De igual manera que el cuento del bambú, la EA es entendida como un proceso continuo, que trata de crear y fortalecer las “raíces” internas que van a permitir la enseñanza de la naturaleza holística del ambiente, a través de enfoques interdisciplinarios y de solución de problemas. En ese sentido, contribuye a desarrollar las habilidades y actitudes necesarias para comprender las relaciones entre los seres humanos, sus valores, culturas y la relación con el mundo natural, entendido este como un todo, en el cual la especie humana es una parte más de ese “algo” más grande, y es tan importante como el resto de las especies que habitan el planeta.

Es por ello, que la EA debe iniciarse lo más temprano que sea posible, para generar esas “raíces” sólidas que permitirán el sostén de una visión integral. La escuela primaria es el sitio más natural para iniciarse en la educación ambiental, ya que es en la niñez donde instintivamente existe una visión holística del ambiente; los niños/as aún no han sido “entrenados/as” para estructurar su aprendizaje en temas separados, como tendrán que hacerlo en la educación secundaria y en la educación superior. Es así que, y como ya se ha dicho anteriormente, es un proceso continuo y constante que nunca debe abandonarse y que debe abordarse en todos los ámbitos de nuestra vida.

Vista como una herramienta que permite comunicar de manera distinta, es una invitación a la reflexión y al cuestionamiento, orientado hacia una construcción colectiva de formas de pensar, que permiten delinear y abordar estrategias en el corto, mediano y largo plazo, en temas ambientales que merecen tratarse bajo distintas miradas y en distintos planos. Para ello, uno de los objetivos principales de la educación ambiental es promover la formación de agentes multiplicadores de cambio, que contribuyan a la construcción y transformación de una sociedad más justa, equilibrada, integral, inclusiva y participativa. Por ende, todo programa de educación ambiental deberá incluir la adquisición de conocimientos, la comprensión y el desarrollo de habilidades conceptuales, pero también que permitan estimular la curiosidad, fomentar la toma de conciencia y orientar hacia un interés y pensamiento crítico integral que, eventualmente, será transformado en una acción positiva. Las actividades propuestas, deben apuntar tanto a una modificación en el aspecto cognitivo como en la conducta afectiva y de sensibilización. Para lograr esto último, se requiere de actividades no sólo en el ámbito formal, sino también de experiencias en la naturaleza.

Pablo Martín Hernández